Artículo de opinión de Julio Bacete Gómez, portavoz de la Comisión del Agua de Cooperativas Agro-alimentarias Castilla-La Mancha.

Abr 10, 2026 | Noticias

Negar la recuperación de acuíferos y perpetuar la sobreexplotación, también es una forma de negacionismo 

Por Julio Bacete Gómez, portavoz de la Comisión del Agua de Cooperativas Agro-alimentarias Castilla-La Mancha.

Imagen Tablas de Daimiel: Parques Nacionales (OAPN)

Este inicio de año 2026 ha devuelto a toda España y muy especialmente a Castilla-La Mancha, una imagen que muchos parecían haber olvidado: lluvia y agua. Agua en los humedales, en el campo, en los cauces de ríos y, por supuesto, también bajo nuestros pies. Las lluvias de invierno no solo han cambiado el paisaje nuestros campos, sino que han recuperado nuestros ecosistemas más emblemáticos. Las Tablas de Daimiel, las Lagunas de Ruidera, los espacios lagunares de La Mancha húmeda o los embalses de nuestra región respiran aliviados e inundados de agua, pero nada diferente de lo que ya ha ocurrido en infinitas ocasiones tras ciclos de sequía persistente.

Pero más allá de lo que resulta visible a nivel superficial, lo más esencial se está produciendo bajo el nivel de la tierra: la recarga de nuestros acuíferos. Esa “agua invisible” que, caída del cielo, primero riega nuestros campos y llena nuestros ríos, para después alimentar el acuífero y finalmente aparecer en los pozos, manantiales, humedales o circular por el subsuelo para termina en el mar. Algo tan básico que no debería sorprendernos a estas alturas de la vida, al menos a aquellos de nosotros que aprendimos en el colegio el funcionamiento del ciclo del agua como un recurso natural renovable.

Pero lo que sí debería hacernos reflexionar es el relato que se ha construido durante tantos años sobre el agua. Un relato basado casi exclusivamente en la escasez permanente del agua y en un mensaje apocalíptico ante la sociedad cuando llegan periodos de sequía y falta el agua, pero curiosamente tomando solo como referencia las aguas superficiales y olvidando las aguas subterráneas que es donde está el verdadero mar de agua bajo nuestros pies. Tal es así que hasta no hace mucho, los “telediarios” de todas las cadenas han venido abriendo sus noticiarios difundiendo hasta la saciedad imágenes de campanarios de iglesias sumergidas en embalses que reaparecen en épocas de escasez de lluvias, fumarolas en las Tablas de Daimiel, pozos secos o suelos cuarteados en los peores momentos de sequía. Pero poco se dice de la recuperación de nuestros acuíferos subterráneos cuando vienen épocas de abundantes lluvias. Es más, el mensaje interesado llega a niveles tales que, incluso cuando las lluvias son abundantes y el agua reaparece, también se habla de cambio climático porque llueve en exceso y la noticia, la buena noticia, desaparece y se convierte de nuevo en un mensaje profético del fin del mundo.

Y es que existe un negacionismo silencioso, el de quienes sólo reconocen el problema cuando falta agua, pero no reconocen la recuperación cuando el sistema responde.

Y, sin embargo, el agua no entiende de relatos. Y en ese relato incompleto también se olvida con demasiada facilidad el papel del regadío en nuestra región. Castilla-La Mancha no ha llegado hasta aquí de cualquier manera. Durante décadas, el sector ha invertido, se ha adaptado y ha mejorado su eficiencia: riego por goteo, modernización de explotaciones, optimización del uso del agua mediante sistemas de riego de precisión y, cada vez más, incorporación de energías renovables con instalaciones solares para reducir costes y consumo energético.

No partimos de un modelo inmóvil. Partimos de un esfuerzo constante por producir mejor con menos. Porque conviene no olvidar algo esencial: el agua no solo se bebe, el agua se come y detrás de cada alimento hay agua, mucha más de la que utilizamos directamente en casa para uso doméstico. Sin regadío, una parte muy importante de esa producción simplemente no existiría. No existiría la leche, los cereales, las frutas, verduras u hortalizas ¿se imaginan las estanterías de los supermercados sin estos productos básicos?

Por eso, hablar de agua no puede desligarse de hablar de producción de alimentos, de sostenibilidad real y de futuro del territorio. El propio sector agroalimentario lo está señalando: la información que se traslada es parcial y se nos señala como culpables de todo. Mientras los niveles de embalses se actualizan constantemente, apenas se ofrecen datos claros y accesibles sobre la evolución de las aguas subterráneas, a pesar de que en regiones como Castilla-La Mancha son la base real del regadío. No es una cuestión menor. Es una cuestión de enfoque.

Porque si el acuífero se está recuperando —como todo indica tras estos meses de lluvia— no incorporarlo al debate distorsiona la percepción social y condiciona las decisiones de gestión. Y ahí es donde el debate ya no puede seguir esquivándose. Pues mientras el sistema demuestra su capacidad evidente de recuperación, lo cierto es que las masas de agua siguen catalogadas de forma perpetua en mal estado cuantitativo o en situación de sobreexplotación.  Una calificación que, en la práctica, se convierte en una losa difícil de levantar. Y que termina funcionando como justificación automática de políticas restrictivas y limitantes de acceso al recurso, sin incorporar con la misma intensidad los episodios de recarga ni la evolución real del sistema.

El problema no es que exista control sobre el uso del recurso.  El problema es que el control no evoluciona al ritmo de la realidad del propio recurso.  La acción pública no puede centrarse exclusivamente en la vigilancia y el control del uso del agua. Porque cuando la gestión se percibe únicamente desde la inspección y la sanción, y no incorpora con la misma intensidad la evolución natural del sistema, se genera una desconexión evidente entre la realidad del territorio y las decisiones administrativas. No se trata de eliminar el control. Se trata de completarlo con conocimiento, con datos actualizados y con una lectura dinámica del recurso.

Y a esto se suma otra cuestión que el territorio conoce bien: la falta de actuaciones estructurales comprometidas desde hace décadas. Sirva como ejemplo, el caso de las Tablas de Daimiel, sobre el que existen desarrollos normativos históricos que ofrecen la posibilidad de aportar agua a través de cauces naturales como El Rio Cigüela, pero que, sin embargo, esas soluciones no se han llegado a poner en prácticas perdiendo 50 hm3 durante más de 30 años o lo que es lo mismo, casi 1500 hm3 que le hubiesen venido muy bien a las Tablas de Daimiel y por supuesto a los acuíferos que conforman nuestra maltratado Alto Guadiana. Pero eso no parece importar a nadie y hace bueno es famoso lema de que “cuanto peor, mejor”.

Y es que en las últimas décadas se ha puesto el foco casi exclusivamente en limitar usos, en inspeccionar y en sancionar, mientras se sigue sin contestar expedientes durante años y años y sin hacer una adecuada gestión del recurso, o lo que es lo mismo, sin anticiparse a los problemas aprovechando los momentos de abundancia de agua. De lo contrario, corremos el riesgo de consolidar un modelo que solo reconoce la escasez, incluso cuando la realidad empieza a decir otra cosa. Porque negar la recuperación de nuestras masas de agua cuando tal hecho es evidente y perpetuar la declaración de sobreexplotación, también es una forma de negacionismo.

La mejor prueba de todo esto la tenemos muy cerca, en Daimiel, en La Motilla del Azuer. Una estructura hidráulica de hace más de 4.000 años, donde el agua ha vuelto tras casi una década desaparecida. No por una decisión administrativa. No por un cambio normativo. No por dejar de regar. Sino por algo mucho más sencillo: ha llovido, el suelo ha infiltrado y el acuífero ha respondido. Ese pozo no es solo patrimonio arqueológico. Es un piezómetro natural que lleva milenios diciendo lo mismo: cuando llueve hay agua en la Motilla del Azuer, así de simple.

Este año ha habido agua. Y eso no niega los problemas, pero sí obliga a contar las cosas de manera completa. Porque gestionar el agua no puede hacerse desde el extremo, ni desde la imagen puntual, ni desde el titular interesado. Debe hacerse desde el conocimiento, la transparencia y la visión de ciclo. El campo lo entiende. El agua también. Quizá ha llegado el momento de que el relato esté a la altura y no negar lo evidente.

 

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