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Tomás Merino, técnico Fundación CooperActiva

A finales del año 2019 vimos como fracasaba la Cumbre del Clima de Madrid. Comenzamos el año hablando de los grandes desafíos a los que nos enfrentábamos con la nueva década: la mitigación de los gases de efecto invernadero, los derechos humanos, el progreso económico, la evolución de la democracia, el BREXIT en Europa, la nueva PAC, la revolución digital, la desigualdad, las migraciones, la educación, la irrupción de los populismos o partidos de extrema derecha, la sostenibilidad y la responsabilidad social de las empresas…

¿Dónde quedaron las anteriores preocupaciones a la crisis?

El año 2020 comenzaba con los grandes retos de las cadenas de gran consumo entorno a la economía circular, la lucha contra el cambio climático, la cohesión social y territorial, la adaptación a los cambios en los hábitos de consumo de los consumidores, la eficiencia en la cadena de distribución. Afrontábamos problemas estructurales de cohesión social y territorial de nuestro país y multitud de mensajes sobre la los municipios que poco a poco van muriendo por la marcha de la población a zonas urbanas o periurbanas.

En definitiva, todo apuntaba que 2020 y la nueva década que afrontábamos vendrán cargados de grandes retos en el medio y largo plazo.
Hace escasas semanas nos preocupaban las altas temperaturas y las borrascas profundas que azotaban nuestro litoral y los cultivos en determinadas regiones de nuestro país, manifestando una y otra vez que todo era debido al cambio climático. Estábamos excesivamente preocupados por los precios de los productos agrícolas y la entrada de productos de low-cost de otras regiones limítrofes. El tan temido cambio climático y las consecuencias que genera, hoy puede ser también una solución para parar el problema que vivimos.

En definitiva, la nueva década nos encaminaba en la consecución de grandes retos que tendrían que provocar avances significativos. Hace unos meses se hablaba de la cuarta revolución industrial donde el BIGDATA, la infotecnología y la biotecnología se convertirían en motores de cambio para el nuevo escenario macroeconómico que tendríamos que vivir en los próximos años.

Quien nos iba a decir que cuando arrancamos el año 2020 nos encontraríamos tres meses más tarde encerrados en casa, trabajando día a día para que la parte de la economía más esencial, no parase.

En los tiempos de la globalización, donde todo giraba entorno al precio de los bienes o servicios, la incertidumbre, la volatilidad y la rapidez de nuestras vidas para ir, ¡quién sabe a dónde!, tuvo que llegar el COVID-19 sembrando el pánico, el miedo y la destrucción de lo más esencial que tenemos: LA VIDA. De repente, todo se paró.

Quizás hoy sería un buen día para brindar con nuestras amistades, para disfrutar de buenos momentos y quizás planear unas vacaciones de Semana Santa, o tal vez de verano. Llegaban esos días donde nos encontramos con familia, con amigos, con personas que llevamos tiempo sin ver y tal vez sin escuchar. Hoy en condiciones normales, estaríamos pensando, fuera de nuestra jornada laboral de disfrutar de la primavera, pasear con nuestras familias, salir al campo en nuestro tiempo libre, escuchar y oler lo que nos brinda el resurgir de la naturaleza, la floración de los almendros, la vuelta a la vida de los viñedos…..En definitiva, todo un espectáculo de luz y alegría que este año, lo viviremos de otra manera a través de las ventanas de nuestras casas, si somos afortunados, porque hay miles de personas que ya no podrán disfrutar de ninguna primavera más.

Y volvemos al primer escalón de la pirámidede Maslow, las necesidades básicas

Cuando Abraham Maslow, en su teoría de la motivación humana de 1943, nos propuso su jerarquía de necesidades, a través de la cual las personas a medida que satisfacíamos necesidades humanas, buscábamos cumplir otras mas elevadas como la seguridad, la afiliación, el reconocimiento o la autorrealización nada hacía pensar que, de repente, todos volveríamos a valorar nuestras necesidades más básicas: todas las que tienen que ver con las necesidades fisiológicas, con lo más esencial de nuestras vidas.

El pasado 29 de marzo, se publicó el Real Decreto-Ley 10/2020 que pasa a regular aquello que se considera verdaderamente esencial en nuestro país. De repente, pasamos a considerar esencial algo que siempre ha estado ahí y a lo cual le hemos dado poco valor. Colectivos como personal sanitario, nuestros mayores y sus cuidados, las personas empleadas de hogar y cuidadoras, los servicios de emergencia, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, el ejército, los seguros, los servicios de asesorías o gestorías, el transporte y el sector agroalimentario, entre otros, pasan a ser considerados servicios esenciales.

De pedir precios dignos, a ser un sector esencial, por Real Decreto

Paradojas de la vida, hace un mes, cuando agricultores, ganaderos y cooperativas agroalimentarias salíamos a la calle para manifestarnos por unos precios dignos y justos para nuestros productos, todo tuvo que pararse por un virus que vino a determinar que, entre otras cosas, EL SECTOR AGROALIMENTARIO, ES ESENCIAL. Curioso, pero ¡cierto! Cuando se lleva décadas sin conseguir un precio justo para los productos agroalimentarios, ha tenido que llegar un virus y un Real Decreto Ley que deja de hablar de precio y comienza a catalogar nuestro sector como esencial. Lo que hoy se considera esencial, hace un mes parecía que paradójicamente formaba parte del paisaje.

¿Es diferente el valor que ahora tiene el sector agroalimentario? ¿Qué valor tiene hoy para nuestra economía el sector agroalimentario? ¿Y para nuestra sociedad?

Hace unas semanas, las personas que dan de comer al mundo, pedían precios justos para sus productos, se manifestaban por garantizar la dignidad a sus cultivos y a la transformación y comercialización de los mismos. Ahora todo parece haberse diluido. Pero no lo olviden, siguen estando ahí, garantizando que los productos agroalimentarios sigan llegando a nuestras cestas de la compra y, además, luchando en los pueblos para eliminar el maldito virus a través de las fumigaciones y poniendo todos sus equipamientos disponibles.

¿Habremos aprendido a diferenciar valor Vs precio?

Antonio Machado solía decir en su obra Proverbios y Cantares que “sólo el necio confunde valor y precio”. Warren Buffett, uno de los mayores inversores del mundo, dice que precio es lo que pagamos y valor lo que percibimos. ¿Cuál es el VALOR de la agricultura, de la ganadería y de las cooperativas hoy en día? ¿Cuál es el valor de los alimentos que siguen produciéndose para que todos los días tengamos garantizada nuestra alimentación básica? Una reflexión que hoy, pero especialmente, cuando esto pase, tenemos que seguir haciendo y no olvidarlo. Porque esto pasará, pero volveremos a un punto de partida radicalmente diferente del que partíamos al comienzo de año.

Durante mucho tiempo hemos confundido el valor de los productos agroalimentarios y de las personas que los producen con el precio que estamos dispuestos a pagarles.

Vivimos tiempos que nos van a trasladar grandes enseñanzas, la primera, a valorar las cosas esenciales, lo más preciado que tenemos, aquello que, durante años, hemos dado por hecho y que verdaderamente sin ello, no seríamos nadie, NUESTRAS VIDAS. Pero para vivir, necesitamos alimentarnos y parece que hemos considerado durante años que estos alimentos salían de las estanterías de las tiendas y las grandes superficies, o simplemente de nuestras neveras.

Responsables de haber denostado al agricultor

Detrás de cada uno de los alimentos se encuentran agricultores, ganaderos y cooperativas a través de las que transforman y comercializan sus productos que, hoy más que nunca, están haciendo lo posible y lo imposible por NO PARAR. Personas que, como siempre ha sido, siguen trabajando para garantizar que todos los días tengamos alimentos sanos, nutritivos y de calidad en las mesas de nuestros hogares. Nos hemos olvidado de su esencia, de su verdadero valor, denostándolos, pagando precios ridículos por sus productos agroalimentarios, haciendo de su entorno rural algo accesorio o complementario a nuestro día a día.

Los datos macroeconómicos así lo atestiguan. La renta agraria de nuestro país, que es valor económico generado por la producción agraria en términos de remuneración de sus factores de producción (tierra, capital y trabajo), ha seguido cayendo hasta no ser capaces de cubrir sus costes de producción con niveles de 20.043 euros a 2019 o valores de salario medio para personal de la agricultura, ganadería o peones de la industria manufacturera de 1.251,34 euros, según nos muestra el Instituto Nacional de Estadística en su encuesta sobre la estructura salarial de 2018.

¿Valoraremos como esencial al sector agroalimentario, cuando esto pase?

Hoy más que nunca, necesitamos avanzar en la reflexión de dotar al sector agroalimentario, del verdadero VALOR QUE TIENE Y MERECE, de dotarlo de los instrumentos necesarios para que siga considerándose esencial y que el precio que se percibe por sus productos sea verdaderamente el valor que tienen.

Nos toca tomar nota para valorar aún más todo aquello que se ha considerado esencial, darle el valor que se merecen nuestros productos agroalimentarios, para hacer del medio rural, la agricultora, la ganadería y las cooperativas un ejemplo de trabajo, de sacrificio y devolverles el valor social y económico que durante años la sociedad y la economía se han encargado de ir limando y haciendo progresar otros bienes y servicios que hoy por hoy, no se han considerado esenciales.

Hoy nos toca superar esta pandemia, pero mañana tenemos que dejar de ser necios y valorar adecuadamente aquello que consideramos esencial en nuestras vidas y garantiza que día a día tengamos garantizada necesidades esenciales como la alimentación. Necesitamos devolverle al sector agroalimentario el VALOR QUE MERECE.

Necesitamos dejar atrás esa confusión que durante tantos años nos ha lastrado, dotando a los productos agroalimentarios de un precio que nada tenía que ver con el valor que aportan a la sociedad.