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No nos estamos refiriendo al título de aquella película de principios de siglo que enfrentaba a un pequeño barco pesquero a una tormenta de colosales proporciones, pero bien pudiéramos encontrar numerosas coincidencias entre aquella aventura cinematográfica y la situación por la que atraviesa nuestro sector agroalimentario en estos momentos.

Por recordar, acabábamos el 2019 con la resaca de las diversas citas electorales que nos dejaban una gran inestabilidad política; con una grave crisis de precios de numerosos productos agrarios, en especial, del aceite de oliva; intentando recuperarnos del inesperado golpe por la imposición de aranceles al sector agroalimentario, en especial al vino, al aceite y al queso, por parte de la administración estadounidense; y preocupados por el penoso resultados que se obtuvo en las dos primeras licitaciones de la medida de almacenamiento de aceite de oliva que lejos de estabilizar los mercados, los llevó a un mayor hundimiento de precios.

Pero fieles al refrán “a perro flaco, todo son pulgas”, empieza el año 2020 sin que las cosas pinten mejor. Enero nos ofrecía el desenlace del culebrón del Brexit, pero cuyo último capítulo está aún por escribir. No tengan duda de que si se producen efectos negativos para algún sector de la economía, ahí estará el sector agroalimentario. Llegó febrero despejando la incógnita de la anunciada “segunda entrega” de los aranceles de Trump que, si bien no han agravado los ya impuestos en el año anterior, sin embargo, mantienen la injusta limitación comercial sobre los principales productos de nuestra región. De la misma manera, febrero nos confirmaba lo que se ya se barruntaba desde hace tiempo, que el presupuesto de la próxima PAC se reducirá de manera notable, afectando directamente a los pagos directos pero muy especialmente a los fondos de desarrollo rural, únicos con los que hoy en día las comunidades autónomas pueden hacer política agraria.

Y si éramos pocos…, marzo nos trae el coronavirus haciendo que la odisea para el sector agroalimentario aun sea más profunda: cierre de fronteras, caída de las bolsas, cancelación de ferias, limitaciones a la circulación de mercancías, operaciones comerciales que se ven seriamente comprometidas y ralentización general del mercado; en fin, una histeria colectiva que nos sumerge a todos en una profunda sensación de agotamiento y el desánimo.

Entre tanto, las necesarias lluvias no llegan y la primavera se ha colado sin permiso en los días de invierno, dejando impropios días soleados durante los cuales miles de agricultores están alzando la voz, dando un puñetazo en la mesa, llenando calles y cortado carreteras a través de decenas de movilizaciones convocadas por las organizaciones profesionales agrarias con el apoyo de las cooperativas, que si bien han logrado dar notoriedad a la actividad agraria y concienciar a la sociedad sobre los problemas que durante décadas viene sufriendo nuestro sector, no han supuesto más que pequeñas, apresuradas y un tanto improvisadas soluciones legislativas que son a todas luces insuficientes y con resultados aún inciertos, aunque mucho nos tememos que en algunos casos pueden generar nuevos problemas donde hasta ahora no los había.

Y veremos qué nos depara el resto del año, pues aún quedan por escribir gloriosos capítulos que definirán el futuro de nuestro sector. Así sabremos cómo quedan finalmente las normas de autorregulación del sector del vino y el aceite que a día de hoy están sobre la mesa de la administración. Conoceremos cuál será el diseño final de la futura PAC y seremos testigos de excepción de lo que, sin duda, será un apasionante pulso entre las comunidades autónomas para definir los nuevos criterios de regionalización y convergencia interna de las ayudas. Y, por último, veremos el impacto que tendrá sobre el sector agroalimentario las nuevas exigencias medioambientales y “climáticas” derivadas del Green Deal.

En fin, una tormenta perfecta que nos deja poca lluvia, muchas piedras en el camino y en la que los únicos refugios seguros para los agricultores son, una vez más, sus cooperativas que, a pesar de los vientos en contra, siguen haciéndose hueco en los mercados mundiales para situar los productos de nuestros agricultores. Que la fuerza nos acompañe.

 

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Agricultura