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Por Tomás Merino, técnico de Igualdad de Cooperativas, y Juan Miguel del Real, director de Cooperativas

Más allá de la problemática del despoblamiento, ¿somos conscientes de lo que provocaría la muerte del medio rural? ¿Estamos preparados para asumir sus consecuencias en las próximas décadas? Utopía o no, caminamos hacia un progresivo declive de los espacios rurales en toda la periferia de Castilla-La Mancha.

Llevamos algunos años en nuestro país escuchando hablar de la problemática del despoblamiento, de historias de carne y hueso que día a día salen en los periódicos, de vidas que se ven frustradas por vivir en una España que vive a un ritmo más lento y que requiere de mayores recursos económicos y de una mayor eficiencia en la gestión del tiempo para poder afrontar su día a día.

En los últimos tiempos son innumerables los artículos y estudios que nos hacen reflexionar sobre este problema, pero me gustaría centrarme en problemas que afrontamos de forma global y que vivimos de forma local en Castilla-La Mancha.

Nos encontramos en una Comunidad Autónoma donde el 69,7% de sus pueblos (641 municipios) tienen menos de 1.000 habitantes. El 53% de la población vive en municipios inferiores a 15.000 habitantes, y tan solo 12 municipios (incluidos capitales de provincia) no se consideran municipios rurales al ser mayores de 30.000 habitantes.

Con 79.462 km² de superficie, el 90,9% de la misma es rural, teniendo una tasa de 12,9 habitantes/km² en el medio rural, muy inferior a la media nacional (18 habitantes/km²). Saliendo del corazón de la región, toda la periferia se ve afectada por grandes problemas ligados al despoblamiento, con tasas de 4 habitantes/km² como ocurre en la provincia de Guadalajara (más allá del Corredor del Henares), 5 habitantes/km² en la provincia de Cuenca (excluida la capital), 7 habitantes/km² en los Campos de Montiel o 9 habitantes/km² en la zona oeste de la provincia de Ciudad Real.

En los municipios menores a 1.000 habitantes, hoy por hoy vive sólo el 8% de la población de la región (hace 20 años, este porcentaje representaba el 11%), lo cual quiere decir que se ha perdido más de 23.000 habitantes.

La pérdida de población en el medio rural lleva aparejada una pérdida de recursos tanto materiales como inmateriales, que poco a poco van mermando la calidad de vida de las personas y haciendo difícil la vida en los municipios rurales. Si esta continua depreciación de los municipios rurales perdura, corremos el riesgo de crear desiertos demográficos en la periferia de nuestra región. Si persiste este declive, terminaremos provocando problemas estructurales que más allá de afectar a las zonas rurales, tendrán impactos directos sobre los núcleos de población intermedios, las grandes ciudades y especialmente sobre la economía.

¿Nos hemos preguntado alguna vez qué pasará cuando estos núcleos de población estén desmantelados?, ¿qué ocurrirá con sus tierras, con los productos agroalimentarios que de allí salen, con las industrias que transforman sus materias primas, con las cooperativas que en ellos se ubican?, ¿qué ocurrirá con el sector agroalimentario de nuestra región si se comienzan a desmantelar los pueblos como consecuencia de la despoblación?

La industria agroalimentaria en general y las cooperativas agroalimentarias en particular, junto con sus bases sociales, generan a nuestra región más de 4.500 millones de euros desde el medio rural, siendo más de 1.800 millones aportados por las cooperativas agroalimentarias.

Si continúa el progresivo declive de nuestros pueblos, provocará un efecto multiplicador que tendrá un impacto directo, no solamente en el medio rural, sino también sobre el medio urbano, generando tensiones aún más pronunciadas sobre el cambio climático, sobre la inflación de precios en los productos agroalimentarios, desabastecimientos de determinados productos, pérdida de biodiversidad, etc. En definitiva, provocará nuevas tensiones que harán aún más insostenibles las ciudades, derivadas de la falta de sostenibilidad de los municipios rurales.

Queramos o no, los alimentos salen de nuestros territorios rurales, donde se encuentran las personas y las industrias agroalimentarias que son capaces de dar cobertura a las necesidades de consumo del medio rural y la ciudad, donde en definitiva salen los alimentos que dan de comer al mundo. Por ello, resulta necesario realizar una reflexión en profundidad sobre un cambio de modelo que permita valorizar adecuadamente el impacto que la falta de vertebración y sostenibilidad está provocando sobre los municipios rurales de nuestra región.

Las industrias agroalimentarias de hoy y, en especial, las cooperativas son empresas eficientes, bien gestionadas, que apuestan por la calidad, la diferenciación y la internacionalización y a la vez, están siendo capaces de generar empleo y retener población en el medio rural. Esto no es un tema baladí. En muchos de estos municipios, la cooperativa se ha convertido en la principal, si no la única fuente de generación de renta y riqueza para muchas familias en los pueblos que han ayudado a garantizar calidad de vida a la vez que dar una formación, que hoy por hoy, está siendo utilizada o infrautilizada en los núcleos urbanos.

La continúa pérdida de servicios y recursos que está sufriendo el medio rural exige afrontar el problema demográfico no solo como un reto relativo a la población, sino como una oportunidad para emprender nuevos caminos que nos lleven a diseñar el medio rural que necesita el siglo XXI. Hoy por hoy, vivir en el medio rural resulta complejo a la vez que más costoso y las políticas de intervención en el medio rural tienen que adaptarse a las necesidades de cada territorio, pues no todo el medio rural tiene las mismas necesidades. Las políticas de intervención en el medio rural no pueden ser iguales para “leones que para ratones”.

No debemos olvidar que la estructura poblacional que tenemos en la actualidad data de la Edad Media y hemos sufrido pocos cambios desde entonces.

¿Qué podemos hacer para que todo esto cambie?

Desde la década de los 70 comenzamos a ver una progresiva emigración de las personas hacia el sector servicios, hacia la educación, la salud, los servicios sociales, prioritariamente en núcleos de población medianos o grandes, convirtiendo sus lugares de origen, en el mejor de los casos en “sus dormitorios”.

Indudablemente, el talento, la formación, las industrias, todas ellas pueden deslocalizarse, pero… ¿qué ocurrirá con las materias primas?, ¿qué ocurrirá con los alimentos que día a día consumimos para seguir nuestro ritmo habitual de vida?

Más allá de la pérdida del tejido socioeconómico del medio rural, debemos entender que un foco importante del problema se localizará en las ciudades, donde se producirán tensiones que nos llevarán a procesos deficitarios estructurales con alimentos de primera necesidad, y, pese a la globalización, provocará movimientos inflacionarios derivados por los sobrecostes de producción, la pérdida de calidad y por tanto, el incremento el posible incremento de enfermedades.

La agricultura no puede deslocalizarse, pero requiere de recursos humanos, que sean capaces de hacer una agricultura y una industria agroalimentaria acorde a las necesidades del medio rural del siglo XXI, donde más allá de la transformación y comercialización de alimentos, incorporemos valores como la sostenibilidad del medio rural. Es necesario incorporar los problemas que se afrontan en el medio rural en la sensibilización y la comunicación que desde el mismo se traslada a las ciudades. El declive de los municipios rurales no son problemas que tienen que solucionar OTROS, son problemas de todas las personas que vivimos en la región y de todos los agentes que intervenimos en ella.

Debemos caminar más allá de la Ley de Desarrollo Sostenible del Medio Rural para convertir un medio rural en un entorno vivo que sea capaz de generar nuevos yacimientos de empleo a través del “emprendimiento cooperativo”.

La Ley de Desarrollo Sostenible del Medio Rural de 2007 permitió cartografiar y realizar un mapa de la situación de nuestro país por aquellos años. Esto supuso un notable esfuerzo que requiere de un nuevo análisis que considere la nueva situación socioeconómica existente, las potencialidades de nuevos modelos de negocio rural locales que interactúan en un mercado global, nuevos yacimientos de empleo, y a la vez, afrontar nuevas oportunidades a través de un nuevo modelo de emprendimiento: “el emprendimiento colectivo y cooperativo”. Se abren nuevas ventanas como es la Ley de Cooperativas Rurales en Castilla-La Mancha que deben permitir un cambio de paradigma para hacer frente a nuevas posibilidades de generación de renta y riqueza en los municipios rurales, en particular en aquellos menores de 15.000 habitantes, que representan el 53% de la población de Castilla-La Mancha.

Mientras sigamos pensando que vivir en las ciudades es sinónimo de mejores oportunidades y desarrollo personal, seguiremos lastrando las posibilidades que puede ofrecer el mundo rural. El mundo urbano necesita conocer de las consecuencias de la pérdida del medio rural, pero el medio rural debe saber que tenemos que apostar y crear nuevas oportunidades de desarrollo colectivo que puede producirse dentro de las cooperativas a través de este nuevo concepto de “cooperativa rural”.

La progresiva pérdida de población joven en las zonas rurales genera un problema estructural para garantizar la calidad de vida de la población envejecida de nuestros pueblos, pero a la vez con el paso de las décadas va generando problemas estructurales en las ciudades que no paran de crecer y por tanto, de generar efectos perversos en núcleos de población cada vez más grandes que ocasionan grandes problemas de gestión. Estamos encontrando procesos de incremento de los precios de la vivienda que se hacen insoportables para el bolsillo del ciudadano medio, grandes dificultades para gestionar el transporte, incrementos continuos de los niveles de contaminación y por tanto, efectos perversos sobre el cambio climático.

Más allá del gravísimo problema del declive de los espacios rurales, que son el pulmón de las grandes ciudades, se encuentra que cada día resulta más complicado gestionar las aglomeraciones de las mismas, por tanto, debemos afrontar el reto de la sostenibilidad del medio rural, desde la concienciación de que las grandes ciudades deben apostar por nuevas vías de crear desarrollo económico a menores costes deslocalizando producciones a núcleos rurales y aprovechando desde los espacios rurales el talento disponible.

El problema del reto demográfico tiene que partir de llevar los efectos perversos de este problema a las ciudades y concienciar de la idoneidad de seguir apostando por un retorno al medio rural donde se garantiza calidad de vida, bienestar, paisajes y condiciones ambientales más adecuadas para la correcta sostenibilidad de nuestros pueblos, pero también de nuestras ciudades.

A menudo pensamos que en las grandes ciudades en las que viven millones de personas, se tiene calidad de vida porque se dispone de todos los bienes y servicios que exige la sociedad de hoy en día, pero olvidamos que toda su riqueza depende de los recursos que le facilita el medio rural. Por ello, la reflexión es evidente: si muere el medio rural, muy probablemente moriría el medio urbano. Sin recursos naturales, las ciudades no son sostenibles, sin los alimentos que se producen desde el medio rural, las ciudades no pueden vivir, sin la regeneración que de la atmósfera se realiza en el medio rural y la absorción de CO₂ que se produce, viviríamos aún más los efectos del cambio climático.

Por ello, en una región como Castilla-La Mancha, consideramos necesario apostar por un nuevo modelo de emprendimiento colectivo, a través del modelo del cooperativismo rural, que puede ser un herramienta idónea para que en los pueblos se puedan generar nuevas oportunidades económicas y sociales con la que hacer frente a los nuevos retos a los que debe enfrentarse el medio rural.

La cooperativa del siglo XXI, requiere avanzar hacia un nuevo modelo cooperativo con una visión más integral, hacia un modelo de gestión estratégica sostenible y acorde al territorio.
Las políticas públicas y las actuaciones en materia de conservación y sostenibilidad de los territorios rurales debe incorporar en sus ejes de trabajo el cooperativismo agroalimentario, apostando decididamente por modelos que permitan crear nuevas estructuras productivas para la conservación de los territorios del medio rural.

Las cooperativas agroalimentarias del siglo XXI deben caminar hacia este nuevo paradigma, SER COOPERATIVA RURAL, integrando la fijación, promoción, desarrollo y mejora de la población agraria y del medio rural.

La Cooperativa Rural debe:

a) Mejorar la eficiencia en la gestión al integrar bajo una sola estructura cooperativa actividades que de otra forma se encontrarían dispersas en cooperativas separadas.
b) Aumentar las economías de escala en los procesos de inversión y de ahorro de costes ligados a utilizar recursos bajo una misma estructura cooperativa.
c) Aumentar la profesionalización de los equipos directivos, a la vez que incorporar nuevos talentos para la puesta en marcha de nuevas secciones productivas.
d) Aprovechar sinergias derivadas de la posibilidad de ofrecer nuevos bienes y servicios a nuestras bases sociales, a mejores precios, a la vez que abrir nuevas posibilidades de negocio.

La Cooperativa Rural puede aportar soluciones integrales al medio rural, a la vez que ofrecer soluciones al medio urbano, integrando actividades tales como:

Explotación comunitaria de la tierra: el continuo envejecimiento de la población del medio rural y de las bases sociales de las cooperativas, asociado a la dificultad para encontrar mano de obra cualificada para desempeñar las tareas agrícolas, dificulta cada día más los quehaceres diarios de las personas titulares de las explotaciones agrarias. A esto se puede dar solución desde la Cooperativa Rural gestionando de manera agrupada las explotaciones agrarias de sus socios, especialmente de aquellos que se jubilan y cesan en la actividad y cuyo relevo no está garantizado, permitiendo el mantenimiento del patrimonio por el socios y garantizando una gestión más eficiente de la explotación.

Ofrecer servicios educativos y culturales que cubran las necesidades de los socios y demás miembros del entorno social de la cooperativa.

Actividades ligadas al consumo de productos agroalimentarios, donde se fomenten los mercados locales, los canales cortos de comercialización y se cubran las necesidades de consumo de los consumidores y usuarios vinculados a la cooperativa y su entorno social.

Actividades ligadas a ocio, tiempo libre, turismo activo, especialmente ligadas a la explotación endógena del patrimonio cultural e histórico y los recursos naturales del medio rural en que se asienta la cooperativa.

Actividades de conservación medioambiental, reutilización de residuos, gestión de la energía, comercialización de energía, aprovechamiento de nuevas tecnologías, etc.

Servicios a personas, tales como la asistencia y protección a personas dependientes o de integración social, etc.

En definitiva, avanzar en la cooperativa rural debe ser una necesidad del medio rural para seguir garantizando sostenibilidad en nuestros pueblos, para afrontar el declive demográfico rural y para seguir apostando por soluciones integrales que permitan garantizar la permanencia del modelo cooperativo agroalimentario a la vez que crecemos como empresas que somos, aportando soluciones locales, para mitigar efectos globales.

“Este artículo se incluye dentro del Programa de Promoción de Cooperativas y Sociedades Laborales en Castilla-La Mancha para el año 2018 regulado en la Resolución de 15/06/2018, de la Dirección General de Trabajo, Formación y Seguridad Laboral, siendo cofinanciado por parte del FSE y la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha”.

 

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